T. E. Lawrence, “Lawrence de Arabia”, fue un oficial británico durante la revuelta árabe contra el Imperio turco, previa a la Primera Guerra Mundial. Su autobiografía “Los siete pilares de la sabiduría” entrevera combates militares, táctica geopolítica, reflexiones teológico-filosóficas y aventuras personales mientras reflexiona cómo “por su posición geográfica, sus escuelas y la libertad Beirut albergaba antes de la guerra una población que hablaba, escribía y pensaba como los intelectuales franceses”. Y definió Líbano como puente geopolítico, estratégico, cultural y militar de Occidente con Oriente.
Así, hasta los años ochenta del pasado siglo, Líbano fue un modelo de convivencia y progreso entre la entonces mayoritaria población católica maronita con los musulmanes chiíes, suníes, drusos e ismaelitas y los judíos. Un paraíso árabe-cristiano (el único. Los demás, como los armenios, han sido exterminados) convertido a finales del siglo XX en un infierno tras volverse minoría social la poblacion maronita, y no cesar la entrada de refugiados palestinos, conflictos internos y la milenaria guerra fraticida entre Hezbolá e Israel, hermanos semitas.
La Biblia describe la antigua Fenicia como un edén arruinado por las divisiones de sus tribus y etnias, entre ellas las seguidoras del diabólico dios Baal al que se sacrificaban los bebés y del que quedan ruinas en su tan hermoso como siniestro santuario de Baal-Bek. Tres mil años después no sólo la Biblia nos ilustra los esplendores y tinieblas del Líbano en búsqueda de la paz, casi siempre alterada por sus vecinos. Así lo hacen escritores, todos árabes y católicos de rito maronita, armenio, melquita o greco-romano, como Amin Maalouf, quien en “La Roca de Tanios” narra el horror de la guerra que altera la existencia de los pequeños y antiquísimos pueblos cristianos en las agrestes faldas calizas de sus montañas (cuya geología recuerda a nuestros Picos de Europa o a la Maiella en los Apeninos).
O el retrato de la ruina de Beirut, urbe de costumbres y corazón cristiano-árabe, cosmopolita, acogedora, próspera, feliz, pero siete veces arrasada, como cuenta la autora Hoda Barakat en “El labrador de aguas” por la memoria de un humilde vendedor de telas. O Khalil Gibrán, quien en “El Profeta” funde Oriente y Occidente entre el pesimismo existencial y el romanticismo místico. Propósito similar al de su amigo Mikhail Naimy en su “El libro de Mirdad” sobre la relación del hombre con Dios y con los demás habitantes del País de los Cedros. O el intento de conciliación de Amin Al-Rihani entre las culturas de las naciones del Este y del Oeste en “El libro de Khalid”. O, para terminar estos literatos esenciales del Líbano de hoy, el cristiano greco-ortodoxo Georges Schehadé cuando en su “Historia de Vasco” personaliza en un pobre peluquero de mente árabe y corazón cristiano su ideal de fraternidad humana entre exilios y sueños, guerras y progreso, muerte y vida, tristeza y felicidad.
Empero, parece cumplirse la terrible cita bíblica de Habacuc, 2, 17: “la violencia contra el Líbano te cubrirá, a causa del derramamiento de sangre humana y la violencia hecha a la tierra, a la ciudad y a todos los que habitan en ella”. Para evitarlo, el mundo Occidental, liderado por Francia por sus lazos históricos y diplomáticos con esta nación que fue su Mandato, debe volcarse en el saneamiento económico, institucional y político del País de los Cedros. Líbano debe volver a florecer en aras de un mundo mejor. Y colmar la visión del profeta Isaías, 29, 17 cuando exclama: “¿Acaso no queda ya muy poco tiempo para que el Líbano se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea considerado bosque?
Europa no puede abandonar Líbano. En primer lugar, por compromiso internacional humanitario. Asimismo, porque es parte de nuestra identidad e historia desde los fenicios y puente humanista entre los mundos oriental y occidental. También, porque el País de los Cedros es un estado militar y estratégicamente clave en el equilibrio geopolítico, diplomático y cultural de Oriente Medio. Y, sobre todo, porque si no lo remedia Occidente con sus valores cristianos de libertad y democracia, como es hoy Líbano, mañana puede ser Europa.