Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de la Liturgia de hoy narra la parábola del buen samaritano (cfr. Lc 10,25-37); todos la conocemos. Como telón de fondo, el camino que desciende desde Jerusalén hasta Jericó; a un lado, yace un hombre al que los ladrones han golpeado y robado. Un sacerdote que pasa lo ve pero no se detiene, sigue adelante; lo mismo hace un levita, esto es, un encargado del culto en el templo. «En cambio -dice el Evangelio-, un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y tuvo compasión» (v. 33). No olvidemos estas palabras: “tuvo compasión”; es lo que siente Dios cada vez que nos ve en dificultad, en pecado, en una miseria: “tuvo compasión”. El evangelista desea precisar que el samaritano viajaba. Por tanto, aquel samaritano, a pesar de tener sus propios planes y de dirigirse a una meta lejana, no busca excusas y se deja interpelar por lo que sucede a lo largo del camino. Pensémoslo: ¿el Señor no nos enseña a comportarnos precisamente así? A mirar a lo lejos, a la meta final, poniendo al mismo tiempo mucha atención en los pasos que hay que dar, aquí y ahora, para llegar a ella.
Es significativo que los primeros cristianos fuesen llamados “discípulos del Camino” (cfr. At 9,2). El creyente, en efecto, se parece mucho al samaritano: como él, está de viaje, es un viandante. Sabe que no es una persona “que ha llegado”, y desea aprender todos los días siguiendo al Señor Jesús, que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Yo soy el Camino: el discípulo de Cristo camina siguiéndolo a Él, y así se hace “discípulo del Camino”. Va detrás del Señor, que no es sedentario sino que está siempre en camino: por el camino encuentra a las personas, cura a los enfermos, visita pueblos y ciudades. Así actuó el Señor, siempre en camino.
De este modo, el “discípulo del Camino” -es decir, nosotros los cristianos- ve que su modo de pensar y de obrar cambia gradualmente, haciéndose cada vez más conforme al del Maestro. Caminando sobre las huellas de Cristo, se convierte en viandante y aprende – como el samaritano – a ver y a tener compasión. Ve y siente compasión. Ante todo, ve: abre los ojos a la realidad, no está egoístamente encerrado en el círculo de sus propios pensamientos. En cambio, el sacerdote y el levita ven al desgraciado pero es como si no lo hubiesen visto, pasan de largo, miran a otro lado. El Evangelio nos educa a ver: guía a cada uno de nosotros a comprender rectamente la realidad, superando día tras día ideas preconcebidas y dogmatismos. Muchos creyentes se refugian en dogmatismos para defenderse de la realidad. Y, además, seguir a Jesús nos enseña a tener compasión: a fijarnos en los demás, sobre todo en quien sufre, en el más necesitado, y a intervenir como el samaritano: no pasar de largo sino detenerse.
Ante esta parábola evangélica puede suceder que culpabilicemos o nos culpabilicemos, que señalemos con el dedo a los demás comparándolos con el sacerdote y el levita: “¡Este y aquel pasan de largo, no se detienen!”; o que nos culpabilicemos a nosotros mismos enumerando nuestras faltas de atención al prójimo. Pero quisiera sugerir otro tipo de ejercicio. Cierto, cuando hemos sido indiferentes y nos hemos justificado, debemos reconocerlo; pero no nos detengamos ahí. Hemos de reconocerlo, es un error, pero pidamos al Señor que nos haga salir de nuestra indiferencia egoísta y que nos ponga en el Camino. Pidámosle que nos haga ver y tener compasión. Esta es una gracia, tenemos que pedirla al Señor: “Señor, que yo vea, que yo tenga compasión, como Tú me ves a mí y tienes compasión de mí”. Esta es la oración que os sugiero hoy: “Señor, que yo vea, que yo tenga compasión, como Tú me ves y tienes compasión de mí”. Que tengamos compasión de quienes encontramos en nuestro recorrido, sobre todo de quien sufre y está necesitado, para acercarnos y hacer lo que podamos para echar una mano.
A menudo, cuando me encuentro con algún cristiano o cristiana que viene a hablar de cosas espirituales, le pregunto si da limosna. “Sí”, me dice. -“Y, dime, ¿tú tocas la mano de la persona a la que das la moneda?” -“No, no, la dejo caer”. -¿Y tú miras a los ojos a esa persona? –“No, no se me ocurre”. Si tú das limosna sin tocar la realidad, sin mirar a los ojos de la persona necesitada, esa limosna es para ti, no para ella. Piensa en esto: “¿Yo toco las miserias, también esas miserias que ayudo? ¿Miro a los ojos a las personas que sufren, a las personas a las que ayudo?” Os dejo este pensamiento: ver y tener compasión.
Que la Virgen María nos acompañe en esta vía de crecimiento. Que Ella, que nos “muestra el Camino”, esto es, Jesús, nos ayude también a ser cada vez más “discípulos del Camino”.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
me uno al dolor del pueblo de Sri Lanka, que sigue padeciendo los efectos de la inestabilidad política y económica. Junto con los obispos del país, renuevo mi llamamiento a la paz, y pido a las autoridades que no ignoren el clamor de los pobres y las necesidades de la gente.
Deseo dirigir un pensamiento especial al pueblo de Libia, especialmente a los jóvenes y a todos los que sufren a causa de los graves problemas sociales y económicos del país. Exhorto a todos a buscar de nuevo soluciones convincentes, con la ayuda de la comunidad internacional, a través del diálogo constructivo y la reconciliación nacional.
Y renuevo mi cercanía al pueblo ucraniano, atormentado a diario por brutales ataques cuyas consecuencias paga la gente común. Rezo por todas las familias, especialmente por las víctimas, los heridos, los enfermos; rezo por los ancianos y los niños. ¡Que Dios muestre el camino para poner fin a esta guerra absurda!
Hoy se celebra el Domingo del Mar. Recordamos a todos los marinos con estima y gratitud por su valioso trabajo, así como a los capellanes y voluntarios de “Stella Maris”. Encomiendo a la Virgen a los marinos que se encuentran bloqueados en zonas de guerra, para que puedan volver a casa.
Saludo al grupo del Colegio Santo Tomás de Lisboa y a los fieles de Viseu, Portugal; al Coro "Siempre así" de España, a los jóvenes de la Archidiócesis de Berlín y a los niños de Confirmación de Bolgare (Bérgamo). Dirijo también mi saludo a los peregrinos polacos, y lo extiendo a los participantes en la peregrinación anual de la familia de Radio María al Santuario de Częstochowa. Y saludo a los sacerdotes de varios países que participan en el curso para formadores de seminario organizado por el Instituto Sacerdos de Roma.
Les deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
Con inmenso gozo y agradecimiento, vivimos en la tarde del pasado 30 de junio, la celebración en la que un grupo de cadetes de la Academia General Militar (AGM) y de soldados del RPEI 12 recibieron la plenitud del Espíritu Santo por el sacramento de la confirmación, que les fue administrado por nuestro arzobispo, D. Juan Antonio.
Un día, estos jóvenes fueron bautizados con la promesa de ser educados en la fe; ese compromiso de sus padres y padrinos, fue asumido por el servicio religioso de la Academia y del Regimiento de Pontoneros, y tras un período catecumenal en el que se les instruyó en la verdad de la Fe, en la alegría y el consuelo de la Esperanza y, en el ardor de la Caridad, pudimos compartir con ellos la emoción y el entusiasmo agradecido de recibir el don sagrado del Espíritu Santo.
Publicado en “El Diario Montañés” el 6 de junio del 2022.
“Lo demandó el honor y obedecieron, con su sangre la empresa rubricaron. Por la Patria morir fue su destino, querer a España su pasión eterna”, Ritual militar del Acto a los Caídos.
Estas líneas son un homenaje a la Guardia Civil, encarnada en nuestro Teniente Coronel Pedro Alfonso Casado, Perico para los compañeros. Están redactadas con admiración, gratitud y legítimo orgullo, como emocionada despedida de un amigo militar que ha amado a España y los españoles hasta cumplir su destino de morir por nuestra Patria.
El pasado viernes 1 de julio, la Guardia Civil de Tenerife celebró el acto de Toma de Posesión del nuevo jefe del sector de tráfico de Canarias, el teniente coronel Jesús Ángel Hernández Torrego.
El acto comenzó a las 11 de la mañana y participaron en él autoridades pertenecientes a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de la isla de Tenerife y diversas autoridades civiles, como el subdelegado del Gobierno en Santa Cruz de Tenerife, Javier Plata o la directora insular de la isla de La Palma, Ana de León.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de la Liturgia de este domingo leemos que “el Señor designó a otros setenta y dos [discípulos] y los envió de dos en dos delante de él a todas las ciudades y lugares a los que iba a ir” (Lc 10,1). Los discípulos son enviados de dos en dos, no individualmente. Ir en misión de dos en dos, desde un punto de vista práctico, pareciera tener más desventajas que ventajas. Existe el riesgo de que los dos no se lleven bien, de que tengan un ritmo diferente, de que uno se canse o enferme por el camino, obligando al otro a detenerse también. En cambio, cuando uno está solo, parece que el viaje se hace más expedito y sin obstáculos. Sin embargo, Jesús no lo piensa así: no envía solitarios delante de él, sino discípulos que van de dos en dos. Preguntémonos: ¿cuál es la razón de esta elección del Señor?
La tarea de los discípulos es ir por delante a las aldeas y preparar a la gente para recibir a Jesús; y las instrucciones que Él les da no se refieren tanto a lo que deben decir, sino a cómo deben ser, es decir, no acerca del “guion” che deben decir, no, sobre al testimonio de vida, el testimonio que han de dar más que a las palabras que han de decir. De hecho, los llama obreros: es decir, están llamados a trabajar, a evangelizar por medio de su comportamiento. Y la primera acción concreta con la que los discípulos llevan a cabo su misión es precisamente la de ir de dos en dos. Los discípulos no son ‘francotiradores’, predicadores que no saben ceder la palabra a otro. Es ante todo la vida misma de los discípulos la que anuncia el Evangelio: su saber estar juntos, su respeto mutuo, su no querer demostrar que son más capaces que el otro, su referencia unánime al único Maestro.
Se pueden hacer planes pastorales perfectos, poner en marcha proyectos bien elaborados, organizarse hasta el más mínimo detalle; se pueden convocar multitudes y disponer de muchos medios; pero si no hay disponibilidad para la fraternidad, la misión evangélica no avanza. Si no hay disponibilidad para la fraternidad, para trabajar juntos, la misión evangélica no avanza. Una vez, un misionero contó que se había ido a África junto con un hermano de comunidad. Sin embargo, al cabo de un tiempo se separó de él, quedándose en una aldea donde llevó a cabo con éxito una serie de actividades de construcción para el bien de la comunidad. Todo funcionaba bien. Pero un día tuvo un sobresalto: se dio cuenta de que su vida era la de un buen empresario, ¡siempre entre obras y papeleo! Pero… y el “pero” se quedó allí. Entonces, dejó la gestión en manos de otros, a los laicos, y volvió con su hermano. Así comprendió por qué el Señor había enviado a los discípulos "de dos en dos": la misión evangelizadora no se basa en el activismo personal, es decir, en el "hacer", ¡no!, sino sobre el testimonio de amor fraterno, incluso a través de las dificultades que conlleva convivir con otro.
Así que podemos preguntarnos: ¿cómo llevamos la buena noticia del Evangelio a los demás? ¿Lo hacemos con espíritu y estilo fraterno, o a la manera del mundo, con protagonismo, competitividad y centralidad en la eficacia? Preguntémonos si tenemos la capacidad de colaborar, si sabemos tomar decisiones juntos, respetando sinceramente a los que nos rodean y teniendo en cuenta su punto de vista, si lo hacemos en comunidad, no solos. En efecto, es sobre todo así como la vida del discípulo deja traslucir la del Maestro, anunciándolo verdaderamente a los demás.
Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a preparar el camino del Señor con el testimonio de la fraternidad.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, en San Ramón de la Nueva Orán, Argentina, fueron beatificados Pedro Ortiz de Zárate, sacerdote diocesano, y Juan Antonio Solinas, sacerdote de la Compañía de Jesús. Estos dos misioneros, que dedicaron su vida a transmitir la fe y a defender a los pueblos indígenas, fueron asesinados en 1683 por llevar el mensaje de paz del Evangelio. Que el ejemplo de estos mártires nos ayude a dar testimonio de la Buena Noticia sin concesiones, dedicándonos generosamente al servicio de los más débiles. ¡Un aplauso para los nuevos beatos!
Sigamos rezando por la paz en Ucrania y en todo el mundo. Hago un llamamiento a los jefes de las naciones y de las organizaciones internacionales para que reaccionen ante la tendencia a acentuar el conflicto y la oposición. El mundo necesita paz. No una paz basada en el equilibrio de las armas, en el miedo recíproco. No, eso no servirá. Esto es hacer retroceder la historia setenta años. La crisis ucraniana debería haber sido, pero -si se quiere- todavía puede llegar a ser, un reto para los sabios estadistas, capaces de construir en el diálogo un mundo mejor para las nuevas generaciones. Con la ayuda de Dios, esto siempre es posible. Pero debemos pasar de las estrategias de poder político, económico y militar a un proyecto de paz global: no a un mundo dividido entre potencias en conflicto; sí a un mundo unido entre pueblos y civilizaciones que se respetan.
Los saludo a todos, queridos romanos y peregrinos. En particular, saludo a los lectores y a los ministros de Dobra, en Polonia; a los estudiantes de Slavonski Brod, en Croacia; a los fieles albaneses con sus párrocos y al equipo itinerante del Camino Neocatecumenal en Albania. Saludo a los fieles de Nápoles, Ascoli Piceno, Perugia y Catania, y a los jóvenes de la Confirmación de Tremignon y Vaccarino, diócesis de Vicenza.
Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Disfruten el almuerzo y adiós.
El arzobispo castrense D. Juan Antonio Aznárez ha participado en la Conferencia Internacional de Obispos Castrenses que bajo el lema “Cuidado de almas castrenses: Desafíos y Respuestas”, se ha celebrado en Viena los días 27, 28 y 29 de junio.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy en Italia y en muchos países celebramos la Ascensión del Señor, es decir, su regreso al Padre. En la Liturgia, el Evangelio según Lucas narra la última aparición del Resucitado a los discípulos (cf. 24,46-53). La vida terrenal de Jesús culmina precisamente con la Ascensión, que también profesamos en el Credo: "Ha subido al cielo, está sentado a la derecha del Padre". ¿Qué significa este acontecimiento? ¿Cómo debemos entenderlo? Para responder a esta pregunta, detengámonos en dos acciones que Jesús realiza antes de subir al cielo: primero anuncia el don del Espíritu y luego bendice a los discípulos. Anuncia el don del Espíritu y bendice.
En primer lugar, Jesús dice a sus amigos: "Les envío al que mi Padre ha prometido" (v. 49). Está hablando del Espíritu Santo, el Consolador, el que los acompañará, los guiará, los apoyará en su misión, los defenderá en las batallas espirituales. Entonces comprendemos algo importante: Jesús no abandona a los discípulos. Sube al cielo, pero no nos deja solos. Por el contrario, precisamente al ascender al Padre asegura la efusión del Espíritu Santo, de su Espíritu. En otra ocasión había dicho: "Les conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes" (Jn 16,7), es decir, el Espíritu. El amor de Jesús por nosotros también se puede ver en esto: la suya es una presencia que no quiere restringir nuestra libertad. Al contrario, nos hace un espacio, porque el verdadero amor siempre genera una cercanía que no aplasta, no es posesivo, es cercano, pero no posesivo; es más, el verdadero amor nos hace protagonistas. Por eso, Cristo asegura: "Voy al Padre, y serán revestidos de un poder de lo alto: les enviaré mi propio Espíritu, y con su poder continuarán mi obra en el mundo" (cf. Lc 24,49). Por eso, al subir al cielo, Jesús, en lugar de permanecer cerca de unos pocos con su cuerpo, se hace cercano a todos con su Espíritu. El Espíritu Santo hace presente a Jesús en nosotros, más allá de las barreras del tiempo y del espacio, para que seamos sus testigos en el mundo.
Inmediatamente después —es la segunda acción— Cristo levanta las manos y bendice a los apóstoles (cf. v. 50). Es un gesto sacerdotal. Dios, desde los tiempos de Aarón, había confiado a los sacerdotes la tarea de bendecir al pueblo (cf. Nm 6,26). El Evangelio quiere decirnos que Jesús es el gran sacerdote de nuestra vida. Jesús sube al Padre para interceder por nosotros, para presentarle nuestra humanidad. Así, ante los ojos del Padre, están y estarán siempre, con la humanidad de Jesús, nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestras heridas. Así, al hacer su "éxodo" al Cielo, Cristo "nos abre camino", va a preparar un lugar para nosotros y, desde ahora, intercede por nosotros, para que siempre estemos acompañados y bendecidos por el Padre.
Hermanos y hermanas, pensemos hoy en el don del Espíritu que hemos recibido de Jesús para ser testigos del Evangelio. Preguntémonos si realmente lo somos; y también si somos capaces de amar a los demás, dejándolos libres y dejándoles espacio. Y luego: ¿sabemos hacernos intercesores por los demás, es decir, sabemos rezar por ellos y bendecir sus vidas? ¿O servimos a los demás por nuestros propios intereses? Aprendamos esto: la oración de intercesión, interceder por las esperanzas y los sufrimientos del mundo, interceder por la paz. Y bendigamos con la mirada y las palabras a quienes encontramos cada día.
Ahora recemos a la Virgen, la bendita entre las mujeres, que, llena del Espíritu Santo, siempre reza e intercede por nosotros.
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Después del Regina Caeli
Ayer fue beatificado en Módena de Don Luigi Lenzini, mártir de la fe, asesinado en 1945 por señalar los valores cristianos como el camino más alto de la vida, en un clima de odio y conflicto en aquella época. Que este sacerdote, pastor según el corazón de Cristo y mensajero de la verdad y la justicia, nos ayude desde el cielo a dar testimonio del Evangelio con caridad y franqueza. ¡Aplaudamos al nuevo Beato!
Hoy se celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con el tema Escuchar con el oído del corazón. Saber escuchar, además del primer gesto de caridad, es también el primer ingrediente indispensable del diálogo y de la buena comunicación: saber escuchar, dejar que los demás lo digan todo, no cortar por la mitad, saber escuchar con los oídos y el corazón. Deseo que todos crezcan en esta capacidad de escuchar con el corazón.
Hoy es el Día Nacional del Alivio en Italia. Recordemos que "el enfermo es siempre más importante que su enfermedad", el enfermo es siempre más importante que la enfermedad, y que "aunque no se pueda sanar, siempre es posible curar, siempre es posible consolar, siempre es posible hacer sentir una cercanía" (Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2022).
Pasado mañana, último día del mes de mayo, fiesta litúrgica de la Visitación de la Santísima Virgen María, a las 18 horas, en la Basílica de Santa María la Mayor rezaremos el Rosario por la paz, en conexión con numerosos Santuarios de muchos países. Invito a los fieles, a las familias y a las comunidades a unirse a esta invocación, para obtener de Dios, por intercesión de la Reina de la Paz, el don que el mundo espera.
Saludo a todos, romanos y peregrinos. En particular, saludo a los fieles que han venido de Holanda, España y Australia. Saludo a la parroquia de San Roberto Belarmino que concluye el Año Jubilar por el 400 aniversario de la muerte de San Roberto Belarmino. Saludo a los polacos —¡siempre tantos polacos!— con una bendición para los que en su patria participan en la gran peregrinación al Santuario Mariano de Piekary Śląskie. Saludo a los alumnos del colegio San Vincenzo de Olbia y a los niños de Confirmación de Luras.
El lunes y el martes 29 y 30 de agosto habrá una reunión de todos los cardenales para reflexionar sobre la nueva Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, y el sábado 27 de agosto celebraré un Consistorio para la creación de nuevos cardenales. Estos son los nombres de los nuevos cardenales:
1. S.E.R. Mons. Arthur Roche - Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
2. S.E.R. Mons. Lazzaro You Heung-sik – Prefecto de la Congregación para el Clero.
3. S.E.R. Mons. Fernando Vérgez Alzaga L.C. – Presidente de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano y Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano.
4. S.E.R. Mons. Jean-Marc Aveline - Arzobispo Metropolitano de Marsella (Francia).
5. S.E.R. Mons. Peter Ebere Okpaleke – Obispo de Ekwulobia (Nigeria).
6. S.E.R. Mons. Leonardo Ulrich Steiner, O.F.M. - Arzobispo Metropolitano de Manaos (Brasil).
7. S.E.R. Mons. Filipe Neri António Sebastião do Rosário Ferrão - Arzobispo de Goa y Damán (India).
8. S.E.R. Mons. Robert Walter McElroy – Obispo de San Diego (EE. UU.)
9. S.E.R. Mons. Virgilio Do Carmo Da Silva, S.D.B. – Arzobispo de Dili (Timor Oriental).
10. S.E.R. Mons. Oscar Cantoni – Obispo de Como (Italia).
11. S.E.R. Mons. Anthony Poola – Arzobispo de Hyderabad (India).
12. S.E.R. Mons. Paulo Cezar Costa - Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Brasilia (Brasil).
13. S.E.R. Mons. Richard Kuuia Baawobr M. Afr – Obispo de Wa (Ghana).
14. S.E.R. Mons. William Goh Seng Chye – Arzobispo de Singapur (Singapur).
15. S.E.R. Mons. Adalberto Martínez Flores - Arzobispo Metropolitano de Asunción (Paraguay).
16. S.E.R. Mons. Giorgio Marengo, I.M.C. – Prefecto Apostólico de Ulán Bator (Mongolia).
Junto con ellos uniré a los miembros del Colegio de Cardenales a:
1. S.E.R. Mons. Jorge Enrique Jiménez Carvajal - Arzobispo emérito de Cartagena (Colombia).
2. S.E.R. Mons. Lucas Van Looy S.D.B. - Arzobispo emérito de Gante (Bélgica).
3. S.E.R. Mons. Arrigo Miglio - Arzobispo emérito de Cagliari (Italia).
4. Rev.do Padre Gianfranco Ghirlanda SJ – Profesor de Teología.
5. Rev.do Mons. Fortunato Frezza – Canónigo de San Pedro.
Recemos por los nuevos cardenales para que, confirmando su adhesión a Cristo, me ayuden en mi ministerio de Obispo de Roma por el bien de todo el Santo Pueblo fiel de Dios.
Les deseo un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Que tengan un buen almuerzo y hasta pronto.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Y hoy, también buena fiesta, porque se celebra la solemnidad de Pentecostés. Se celebra la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que tuvo lugar cincuenta días después de la Pascua. Jesús lo había prometido varias veces. En la liturgia de hoy, el Evangelio recoge una de estas promesas, cuando Jesús dijo a los discípulos: “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26). Esto es lo que hace el Espíritu: enseña y recuerda lo que Cristo dijo. Reflexionemos sobre estas dos acciones, enseñar y recordar, porque así es como Él penetra nuestros corazones con el Evangelio de Jesús.
En primer lugar, el Espíritu Santo enseña. De este modo nos ayuda a superar un obstáculo que se presenta en la experiencia de la fe: el de la distancia. Él nos ayuda a superar el obstáculo de la distancia en la experiencia de fe. De hecho, puede surgir la inquietud de que hay mucha distancia entre el Evangelio y la vida cotidiana. Jesús vivió hace dos mil años, eran otros tiempos, otras situaciones, y por eso el Evangelio parece ya anticuado, parece inadecuado para hablar a nuestro hoy con sus exigencias y sus problemas. También se nos plantea esta interrogante: ¿qué puede decir el Evangelio en la era de Internet, en la era de la globalización? ¿Cómo puede impactar su palabra?
Podemos decir que el Espíritu Santo es especialista en acortar las distancias, Él sabe acortar las distancias; nos enseña a superarlas. Es Él quien conecta la enseñanza de Jesús con cada tiempo y cada persona. ¡Con Él, las palabras de Cristo no son un recuerdo, no! ¡Las palabras de Cristo por la fuerza del Espíritu Santo cobran vida, hoy! El Espíritu las hace vivas para nosotros. A través de la Sagrada Escritura nos habla y nos orienta en el presente. El Espíritu Santo no teme el paso de los siglos, sino que hace que los creyentes estén atentos a los problemas y acontecimientos de su tiempo. De hecho, cuando el Espíritu Santo enseña, actualiza, mantiene la fe siempre joven. Nosotros corremos el riesgo de hacer de la fe una cosa de museo: ¡Es el riesgo! Él en cambio la pone en sintonía con los tiempos, siempre al día, la fe al día: este es su trabajo. Porque el Espíritu Santo no se ata a épocas o modas pasajeras, sino que trae al presente la actualidad de Jesús, resucitado y vivo.
¿Y de qué manera el Espíritu realiza esto? Haciendo que recordemos. Aquí está el segundo verbo, re-cordar. ¿Qué quiere decir recordar? Re-cordar significa traer de vuelta al corazón, re-cordar. El Espíritu trae el Evangelio de vuelta a nuestro corazón. Ocurre como con los Apóstoles: habían escuchado a Jesús muchas veces, pero lo habían comprendido poco. A nosotros nos sucede lo mismo. Pero a partir de Pentecostés, con el Espíritu Santo, recuerdan y comprenden. Aceptan sus palabras como si hubiesen sido específicamente para ellos, y pasan de un conocimiento externo, un conocimiento de memoria, a una relación viva, a una relación convencida y alegre con el Señor. Es el Espíritu el que hace esto, el que pasa del hecho de “haber escuchado acerca de él” al conocimiento personal de Jesús, el que entra en el corazón. Así es como el Espíritu cambia nuestra vida: hace que los pensamientos de Jesús se conviertan en nuestros pensamientos. Y esto lo hace recordándonos sus palabras, llevando al corazón, hoy, las palabras de Jesús.
Hermanos y hermanas, sin el Espíritu que nos recuerda a Jesús, la fe se vuelve olvidadiza. Tantas veces la fe se transforma en un recuerdo sin memoria. Por el contrario, la memoria es viva y la memoria viva nos la da el Espíritu. Y nosotros - tratemos de preguntarnos - ¿somos cristianos olvidadizos? ¿Quizás basta una adversidad, un cansancio, una crisis para olvidar el amor de Jesús y caer en la duda y en nuestro miedo? ¡Ay! Estemos atentos a no convertirnos en cristianos olvidadizos. El remedio es invocar al Espíritu Santo. Hagámoslo a menudo, especialmente en los momentos importantes, antes de las decisiones difíciles y en situaciones no fáciles. Tomemos el Evangelio en la mano e invoquemos al Espíritu. Podemos decir: “Ven, Espíritu Santo, recuérdame a Jesús, ilumina mi corazón”. Esta es una bella oración: “Ven, Espíritu Santo, recuérdame a Jesús, ilumina mi corazón”. ¿La decimos juntos? “Ven, Espíritu Santo, recuérdame a Jesús, ilumina mi corazón”. Luego, abrimos el Evangelio y leemos un pequeño pasaje, lentamente. Y el Espíritu lo hará hablar a nuestras vidas.
Que la Virgen María, llena del Espíritu Santo, encienda en nosotros el deseo de orarle y de acoger la Palabra de Dios.
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Después del Regina Caeli
Queridos hermanos y hermanas:
En Pentecostés se hizo realidad el sueño de Dios sobre la humanidad. Cincuenta días después de la Pascua, pueblos que hablaban lenguas diferentes se encontraron y se entendieron. Pero ahora, cien días después del comienzo de la agresión armada contra Ucrania, la pesadilla de la guerra, que es la negación del sueño de Dios, ha descendido de nuevo sobre la humanidad: pueblos que se enfrentan, pueblos que se matan, personas que, en lugar de acercarse, son expulsadas de sus hogares. Y mientras la furia de la destrucción y la muerte se desata y el conflicto se recrudece, alimentando una escalada cada vez más peligrosa para todos, renuevo mi llamamiento a los líderes de las naciones: ¡Por favor, no lleven a la humanidad a la ruina! ¡Por favor, no lleven a la humanidad a la ruina! Que se lleven a cabo verdaderas negociaciones, tratativas concretas para un alto el fuego y para una solución duradera. Que se escuche el grito desesperado de la gente que sufre -lo vemos todos los días en los medios de comunicación-, que se respete la vida humana y se detenga la macabra destrucción de ciudades y pueblos en el este de Ucrania. Por favor, sigamos rezando y luchando por la paz, sin cansarnos.
Ayer, en Beirut, fueron beatificados dos frailes menores capuchinos, Leonard Melki y Thomas George Saleh, sacerdotes y mártires, asesinados por odio a la fe en Turquía en 1915 y 1917 respectivamente. Estos dos misioneros libaneses, en un contexto hostil, dieron prueba de una confianza inquebrantable en Dios y de una abnegación por el prójimo. Que su ejemplo fortalezca nuestro testimonio cristiano. Eran jóvenes, no tenían 35 años. ¡Aplaudamos a los nuevos beatos!
Me he enterado con satisfacción que la tregua en Yemen se ha renovado por otros dos meses. Gracias a Dios y a ustedes. Espero que esta señal de esperanza pueda ser un paso más para poner fin a ese sangriento conflicto, que ha generado una de las peores crisis humanitarias de nuestro tiempo. Por favor, no dejemos de pensar en los niños de Yemen: hambre, destrucción, falta de educación, falta de todo. ¡Pensemos en los niños!
Quisiera asegurar mis oraciones por las víctimas de los deslizamientos de tierra causados por las lluvias torrenciales en la región metropolitana de Recife, Brasil.
Los saludo a todos, romanos y peregrinos. Saludo a la Asociación "Avvocatura in missione"; a los miembros del Movimiento Internacional por la Reconciliación y del Movimiento por la No Violencia; al grupo scout francés "Saint Louis", a la Sociedad de San Vicente de Paúl y a la fraternidad Evangelii Gaudium. Saludo a los fieles de Piacenza d'Adige, al Coro de Castelfidardo, a los jóvenes de Pollone y a los de Cassina de' Pecchi -recuerdo cuando visité estos lugares hace tantos años-, a los peregrinos de los Santuarios Antoniani de Camposampiero y a los ciclistas de Sarcedo, y saludo también a los muchachos de la Inmaculada.
Expreso mi cercanía a los pescadores, pensemos en los pescadores que, debido al aumento del costo del combustible, corren el riesgo de tener que cesar sus actividades; y la extiendo a todas las categorías de trabajadores que se ven gravemente afectados por las consecuencias del conflicto en Ucrania.
Rezo por ustedes, ustedes recen por mí. Les deseo a todos un buen domingo. Que tengan un buen almuerzo y adiós.
Queridos hermanos y hermanos, ¡buenos días y feliz domingo!
Hoy es la solemnidad de la Santísima Trinidad, y en el Evangelio de la celebración Jesús nos presenta a las otras dos Personas divinas, al Padre y al Espíritu Santo. Dice del Espíritu: «No hablará de sí mismo, sino que recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros». Y luego, respecto al Padre, dice: «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16,14-15). Vemos que el Espíritu habla, pero no de sí mismo: anuncia a Jesús y revela al Padre. Y vemos también que el Padre, que posee todo porque es el origen de todo, le da al Hijo todo lo que posee, no se queda con nada para sí mismo y se dona enteramente al Hijo. Es decir, el Espíritu Santo no habla de sí mismo, habla de Jesús. Y el Padre, no da sí mismo, da el Hijo. Es la generosidad abierta, uno abierto al otro.
Pasemos ahora a nosotros, a las cosas de las que hablamos y a lo que poseemos. Cuando hablamos, queremos siempre que se hable bien de nosotros y a menudo hablamos de nosotros y de lo que hacemos. ¡Cuántas veces! “Yo he hecho esto, y eso…”, “tenía este problema…”. Se habla siempre así. ¡Qué diferencia respecto al Espíritu Santo, que habla anunciando a los otros, el Padre, el Hijo! Y, sobre lo que poseemos, ¡qué celosos somos y cuánto nos cuesta compartirlo con los demás, incluso con los que carecen de lo necesario! De palabra es fácil, pero luego en la práctica es muy difícil.
Por ello, celebrar la Santísima Trinidad no es solo un ejercicio teológico, sino una revolución de nuestra manera de vivir. Dios, en quién cada Persona vive para la otra en continua relación, no para sí misma, nos estimula a vivir con los demás y para los demás. Abiertos. Hoy podemos preguntarnos si nuestra vida refleja el Dios en el que creemos: yo, que profeso la fe en Dios Padre e Hijo y Espíritu Santo, ¿creo verdaderamente que para vivir necesito a los demás, necesito entregarme a los demás, necesito servir a los demás? ¿Lo afirmo de palabra o lo afirmo con la vida?
Dios trino y uno, queridos hermanos y hermanas, hay que mostrarlo así, con los hechos antes que con las palabras. Dios, que es el autor de la vida, se transmite menos a través de los libros y más a través del testimonio de vida. Él que, como escribe el evangelista Juan, «es amor» (1 Jn 4,16), se revela a través del amor. Pensemos en las personas buenas, generosas, mansas que hemos conocido: recordando su manera de pensar y actuar podemos tener un pequeño reflejo de Dios-Amor. Y, ¿qué quiere decir amar? No sólo apreciar y hacer el bien, sino antes incluso, en la raíz, acoger, estar abierto a los otros, hacer sitio a los otros, dejar espacio a los otros. Esto significa amar, en la raíz.
Para entenderlo mejor, pensemos en los nombres de las Personas divinas que pronunciamos cada vez que hacemos la señal de la cruz: en cada nombre está la presencia del otro. El Padre, por ejemplo, no sería tal sin el Hijo; del mismo modo el Hijo no puede ser pensado por sí solo, sino siempre como Hijo del Padre. Y el Espíritu Santo, a su vez, es Espíritu del Padre y del Hijo. En resumen, la Trinidad nos enseña que no se puede estar nunca sin el otro. No somos islas, estamos en el mundo para vivir a imagen de Dios: abiertos, necesitados de los demás y necesitados de ayudar a los demás. Así pues, hagámonos esta última pregunta: ¿Soy un reflejo de la Trinidad en la vida de todos los días? La seña de la cruz que hago cada día —Padre e Hijo y Espíritu Santo—, esa señal de la cruz que hago todos los días, ¿se queda en un mero gesto ocioso o inspira mi manera de hablar, conocer, responder, juzgar, perdonar?
Que la Virgen, hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu, nos ayude a acoger y testimoniar en la vida el misterio de Dios-Amor.
Después del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas!
Ayer en Breslavia, Polonia, fueron beatificadas sor Paschalina Jahn y nueve hermanas mártires, de la Congregación de las Hermanas de Santa Isabel, asesinadas al final de la Segunda Guerra Mundial en un contexto hostil a la fe cristiana. Estas diez monjas, aunque conscientes del peligro que corrían, permanecieron a lado de los ancianos y enfermos que cuidaban. Que su ejemplo de fidelidad a Cristo nos ayude a todos, especialmente a los cristianos perseguidos en diferentes partes del mundo, a dar testimonio del Evangelio con valentía. ¡Un aplauso a las nuevas beatas!
Y ahora deseo dirigirme al pueblo y a las autoridades de la República Democrática del Congo y de Sudán del Sur. Queridos amigos, con gran pesar, debido a los problemas de la pierna, he tenido que posponer mi visita a vuestros países, prevista para los primeros días de julio. Realmente siento un gran pesar, por haber tenido que posponer este viaje que significa mucho para mí. Os pido disculpas. Oremos juntos para que, con la ayuda de Dios y la asistencia médica, pueda ir a visitaros lo antes posible. ¡Confiamos en ello!
Hoy se celebra el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Trabajemos todos para eliminar esta plaga, para que ningún niño o niña sea privado de sus derechos fundamentales y obligado a trabajar. ¡La de los menores explotados para el trabajo es una realidad dramática que nos interpela a todos!
El pensamiento por la población ucraniana afligida por la guerra está siempre vivo en mi corazón. Que el paso del tiempo no enfríe nuestro dolor y nuestra preocupación por esta gente martirizada. ¡Por favor, no nos acostumbremos a esta trágica realidad! Llevémosla siempre en nuestro corazón. Recemos y luchemos por la paz.
Os saludo a todos, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países. En particular, saludo a los fieles procedentes de España y de Polonia; a la Banda Musical de San Giorgio di Castel Condino —que espero toquen algo al final—; a la Fundación Verona Minor Hierusalem, los catequistas de Grottammare, los confirmados de Castelfranco Veneto y los fieles de Mestrino. Saludo también al grupo AVIS de Codogno y expreso mi agradecimiento a quienes donan sangre, un sencillo y noble gesto de solidaridad.
Un saludo a todos, también a los muchachos de la Inmaculada. Os deseo un feliz domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!
En Italia y en otros países hoy se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. La Eucaristía, instituida en la Última Cena, fue como el punto de llegada de un recorrido, a lo largo del cual Jesús la había prefigurado a través de algunos signos, sobre todo la multiplicación de los panes, narrada en el Evangelio de la Liturgia de hoy (cfr. Lc 9,11b-17). Jesús cuida de la gran multitud que lo ha seguido para escuchar su palabra y ser liberada de varios males. Bendice cinco panes y dos peces, los parte, los discípulos distribuyen, y «comieron todos hasta saciarse» (Lc 9,17), dice el Evangelio. En la Eucaristía cada uno puede experimentar esta amorosa y concreta atención del Señor. Quien recibe con fe el Cuerpo y la Sangre de Cristo no solo come, sino que queda saciado. Comer y quedar saciados: se trata de dos necesidades fundamentales, que se satisfacen en la Eucaristía.
Comer. «Comieron todos», escribe san Lucas. Al atardecer los discípulos aconsejan a Jesús que despida a la multitud, para que pueda ir a buscar comida. Pero el Maestro quiere proveer también a esto: quiere dar también de comer a quien le ha escuchado. Pero el milagro de los panes y de los peces no sucede de forma espectacular, sino casi de forma reservada, como en las bodas de Caná: el pan aumenta pasando de mano en mano. Y mientras come, la multitud se da cuenta de que Jesús se encarga de todo. Este es el Señor presente en la Eucaristía: nos llama a ser ciudadanos del Cielo, pero mientras tanto tiene en cuenta el camino que debemos afrontar aquí en la tierra. Si tengo poco pan en la bolsa, Él lo sabe y se preocupa.
A veces se corre el riesgo de confinar la Eucaristía a una dimensión vaga, lejana, quizá luminosa y perfumada de incienso, pero lejos de las situaciones difíciles de la vida cotidiana. En realidad, el Señor se toma en serio todas nuestras necesidades, empezando por las más elementales. Y quiere dar ejemplo a los discípulos diciendo: «Dadles vosotros de comer» (v. 13), a esa gente que le había escuchado durante la jornada. Nuestra adoración eucarística encuentra su verificación cuando cuidamos del prójimo, como hace Jesús: en torno a nosotros hay hambre de comida, pero también de compañía, hay hambre de consuelo, de amistad, de buen humor, hay hambre de atención, hay hambre de ser evangelizados. Esto encontramos en el Pan eucarístico: la atención de Cristo a nuestras necesidades, y la invitación a hacer lo mismo hacia quien está a nuestro lado. Es necesario comer y dar de comer.
Pero, además del comer, no debe faltar el quedar saciados. ¡La multitud se sació por la abundancia de comida, y también por la alegría y el estupor de haberlo recibido de Jesús! Ciertamente necesitamos alimentarnos, pero también quedar saciados, saber que el alimento nos es dado por amor. En el Cuerpo y en la Sangre de Cristo encontramos su presencia, su vida donada por cada uno de nosotros. No nos da solo la ayuda para ir adelante, sino que se da a sí mismo: se hace nuestro compañero de viaje, entra en nuestras historias, visita nuestras soledades, dando de nuevo sentido y entusiasmo. Esto nos sacia, cuando el Señor da sentido a nuestra vida, a nuestras oscuridades, a nuestras dudas, pero Él ve el sentido y este sentido que nos da el Señor nos sacia, esto nos da ese “algo más” que todos buscamos: ¡es decir la presencia del Señor! Porque al calor de su presencia nuestra vida cambia: sin Él sería realmente gris. Adorando el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pidámosle con el corazón: “¡Señor, dame el pan cotidiano para ir adelante, Señor sáciame con tu presencia!”.
Que la Virgen María nos enseñe a adorar a Jesús vivo en la Eucaristía y a compartirlo con nuestros hermanos y hermanas.
Después del Ángelus
Ayer, en Sevilla, fueron beatificados algunos religiosos de la familia dominica: Ángel Marina Álvarez y diecinueve compañeros; Juan Aguilar Donis y cuatro compañeros, de la Orden de los hermanos predicadores; Isabel Ascensión Sánchez Romero, anciana monja de la Orden de Santo Domingo, y Fructuoso Pérez Márquez, laico terciario dominico. Todos asesinados por odio a la fe en la persecución religiosa que ocurrió en España en el contexto de la guerra civil del siglo pasado. Su testimonio de adhesión a Cristo y el perdón para sus asesinos nos muestran el camino de la santidad y nos animan a hacer de la vida una ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Un aplauso a los nuevos beatos.
Llega todavía de Myanmar el grito del dolor de tantas personas a las que le falta la asistencia humanitaria básica y que se ven obligadas a dejar sus casas porque han sido quemadas o para huir de la violencia. Me uno al llamamiento de los Obispos de esa amada tierra, para que la Comunidad internacional no se olvide de la población birmana, para que la dignidad humana y el derecho a la vida sean respetados, como también los lugares de culto, los hospitales y las escuelas. Y bendigo la comunidad birmana en Italia, hoy aquí representada.
El próximo miércoles, 22 de junio, iniciará el X Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá lugar en Roma y al mismo tiempo se extenderá por todo el mundo. Doy las gracias a los obispos, a los párrocos y a los agentes de la pastoral familiar que han convocado a las familias a momentos de reflexión, de celebración y de fiesta. Doy las gracias sobre todo a los esposos y a las familias que darán testimonio del amor familiar como vocación y camino de santidad. ¡Feliz encuentro!
Y ahora os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países, en particular a los estudiantes de la London Oratory School. Saludo a los participantes del primer Curso de pastoral de la acogida y del cuidado “Vida naciente”; a los fieles de Gragnano y la Asociación ciclista “Pedale Sestese” de Sesto San Giovanni. Y no olvidemos al martirizado pueblo ucraniano en este momento, pueblo que está sufriendo. Me gustaría que quedara una pregunta en todos vosotros: ¿qué estoy haciendo hoy por el pueblo ucraniano? ¿Rezo? ¿Estoy haciendo algo? ¿Intento entender? ¿Qué hago yo hoy por el pueblo ucraniano? Cada uno responda en su propio corazón.
A todos deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!