Soy testigo en el duelo feroz entre el hombre y la mar de cómo marineros que se declaraban ateos exclamaron «Virgen del Carmen» en la tempestad. Y también lo soy de sus súplicas por el familiar enfermo, por los hijos lejanos, por el amor en la distancia del olvido. Pero, entre las oraciones al Señor de la Calma y de la Tempestad, una fundió nuestras lágrimas agridulces de alegría y tristeza con las tormentosas olas del mar de Libia. Nuestra fragata, castigada por la galerna, con bravura y profesionalidad marinera y militar, rescató de sus ataúdes flotantes a casi 700 niños, mujeres y hombres. Y con el último náufrago ya seguro a bordo, un postrer rayo del atardecer rasgó como una teofanía la negrura del cielo, e iluminó rescatados y rescatadores, mientras la dotación rezaba la oración vespertina a Dios
Nuestros corazones se estremecieron por el drama de estos seres humanos que recuperamos, no ya en las periferias de la pobreza, sino en la frontera de la supervivencia. Otra gesta de nuestros militares que libró de la muerte a niños, mujeres y hombres que buscan un hogar lejos de la miseria y del hambre, del terrorismo islámico de Boko Haram, de las guerras y genocidios tribales, del odio y de la muerte. Periferias de África náufragas en el Mediterráneo y encarnadas en quienes recordamos cada puesta de sol en la mar, y por los que pedimos, con la sociedad española y con Occidente, perdón y piedad al Señor de la Calma y de la Tempestad.
Porque en la tempestad humanitaria de la inmigración africana brilla el ocaso de Occidente.
Alberto Gatón Lasheras
Capellán castrense

