Allí estaba también nuestro Arzobispo, D. Juan del Rio y un grupo de nueve laicos pertenecientes a nuestra jurisdicción castrense, además de nuestro delegado de apostolado seglar. Todos ellos tomaron parte en los cuatro grandes bloques de trabajo propuestos: Primer Anuncio, Acompañamiento, Procesos formativos y Presencia en la Vida pública.
Cuarenta lineas de aportaciones, diez grupos por cada uno de los bloques enunciados, requirieron la participación de todos los asistentes.
En un encuentro así podíamos constatar que Dios está actuando y que todos tenemos nuestro papel en su acción.
El Congreso retoma e impulsa ideas a las que ya el Concilio Vaticano II dedicó mucho tiempo: El papel de los laicos en la Iglesia y el mundo, y la llamada universal a la santidad, que es el punto de partida.
Como en Lumen Gentium, que insistía en la Iglesia como Pueblo de Dios y todos sus miembros como co-partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo y de la Iglesia (LG 31). Unidad de misión y diversidad de carismas (LG 32). Los laicos trabajan ciertamente “en las estructuras humanas”, pero no como prolongación de la Jerarquía sino en razón de su vocación misionera dentro del único pueblo de Dios. Ser laico en la Iglesia es una auténtica vocación y se fundamenta en una sólida espiritualidad.
O el decreto sobre el Apostolado de los Seglares, Apostolicam Actuositatem. Que afirma que el apostolado forma parte de la vocación laical. Esto ha sido el aliciente de grandes movimientos y asociaciones laicales, que hemos visto surgir especialmente durante estos últimos cincuenta años y que no están dirigidas por sacerdotes.
Por eso el Congreso expresa que el laico no es una prolongación del sacerdote, ni la participación de los laicos en la Iglesia consiste en hacer más cosas dentro de la celebración de la Misa, ni en ocupar el papel ministerial del sacerdote; sino en ser corresponsable, en plena comunión eclesial, tanto del Credo de toda la Iglesia, como con los pastores; de la misión salvífica encomendada por Jesucristo a todos. Misión recibida en el bautismo de cada persona; con sus propias iniciativas e impulso misionero.
Efectivamente, el Congreso nos insiste a los propios laicos en la urgencia de trabajar y promover el primer anuncio del Evangelio en el mundo, aportando "formas para acoger y acompañar a los que buscan y a quienes se han alejado de la fe".
Asimismo el acompañamiento de los que se inician o retoman el Camino, abre muchas posibilidades de acción. Para lo que se requieren, igualmente, procesos formativos permanentes.
Finalmente, como cuarto bloque, también se sigue llamando a la presencia de los laicos, desde su carácter y vocación propia, en los distintos sectores de la vida pública, como cristianos en el mundo que obran y anuncian desde la fe y en coherencia con ella.
Así, en la ponencia final pudimos escuchar ideas fuerza impulsadas por el Papa Francisco como que seamos una Iglesia en Salida, es decir, misionera. Que desde el templo, lugar de oración y encuentro sacramental con Jesucristo; se expande al mundo, lugar de acción ordinaria del laico, llevando la alegría del Evangelio. Porque el Pueblo de Dios es misionero y santo. Con la mirada puesta en Jesús y conscientes de la propia misión eclesial. Con una vida entregada a los demás. En un contexto que no es religioso, sino secular y pluralista.
Para ello se nos llama a impulsar la escucha, como Jesús; no la defensiva, que pierde humildad. El discernimiento, la corresponsabilidad y la participación. En apertura a la acción del Espíritu Santo.
La Sinodalidad significa confluencia de todas las parcialidades o diferencias entre los distintos movimientos, carismas, etc..en una misma sintonía. Para ello sigue siendo necesaria la conversión permanente, que exige humildad.
El protagonismo del laicado es fundamental en esta Iglesia en salida.
Muchas ideas y propuestas concretas de acción fueron aportadas, que no podrían ser repetidas en su totalidad, pero concluíamos invocando al Espíritu Santo para propiciar un Pentecostés renovado, que desarrollará ahora su camino propio en las Diócesis, para llevar a cabo esta amplia propuesta que podría resumirse en una sola frase: Propiciar el protagonismo del laicado, con su carácter propio, en la Iglesia y el mundo.

