Confortados los dos sacramentalmente, y antes de que se marchase Eugenio, iniciamos esa semana con la celebración del Domingo de Ramos, presidiendo él la Eucaristía, con el Templo cerrado pero abierto a todas las intenciones del Hospital y de la Iglesia, acompañando al Señor en su última entrada en Jerusalén con palmas bendecidas del año anterior y el clamor contenido de las oraciones de los fieles que nos fueron confiadas que, junto con las nuestras, servían de alabanza al paso del Nazareno.
El Jueves Santo, sin la inestimable presencia del compañero, ausente hasta el Lunes de Pascua, reiteré, más sensibilizado que nunca, la comunión sacerdotal con el Obispo y con los hermanos presbíteros.
En la Cena del Señor pedí fuerzas para amar como Jesucristo nos amó y aprender a servir a los demás como Él nos sirvió, porque en la Eucaristía el Señor se substancia en la Mesa para dársenos y, a través de nosotros, llegar a los demás, a todos esos enfermos gravemente afectados por el coronavirus, y así llevarles la salvación en su Nombre.
Elegí para la reserva del Santísimo el altar de la Virgen del Perpetuo Socorro, Patrona de la Sanidad Militar como el lugar más indicado.
Verdaderamente el Viernes Santo en la Pasión del Señor fue un viernes de pasión, de pasión alrededor de la Cruz. En ella deposité las penalidades, las angustias, la desolación y la suerte de todos los enfermos, agonizantes y fallecidos, también las cuitas del personal del hospital y las mías propias. Como signo, en la celebración de la Pasión arrimé, a los pies del madero santo, el libro que registra las unciones administradas a las víctimas de la pandemia, con la confianza de una segura redención.
Hoy, este sábado alitúrgico aunque transido por el dolor también está embargado por la esperanza que ha de obsequiarnos la Luz de la Pascua.
Esta mañana, sorprendentemente, no he tenido ninguna llamada de socorro.
Páter Julián Esteban Serrano
Capellán del H.C.D. “Gómez Ulla”
Delegado Castrense de Pastoral Sanitaria

