En ese barómetro más preciso cual es la verificación de lo que pasa en esta Casa, hace unos días noto complacido que estamos recobrando un nuevo ambiente con señales claras que invitan a la esperanza en el interior de estos muros y, consiguientemente, fuera de ellos: mayor y progresivo número de altas en pacientes infectados, descenso de fallecimientos, menores ingresos aquejados por la pandemia y al mismo tiempo ingresos de otros enfermos con patología diferente, vuelta a su puesto de trabajo del personal sanitario contagiado y ya recuperado, descongestión de la UCI y desmantelamiento de unidades paralelas habilitadas temporalmente para ese uso, desenvolvimiento con mayor fluidez de la Urgencia, aumento de los recursos médicos y profilácticos …, poder dormir alguna que otra noche sin sobresaltos, etc.
Todas esas señales positivas diseñan un escenario mucho más amable, pero si bien confortan el ánimo no impelen a bajar la guardia ante un virus todavía no conocido en todas sus facetas y capacidades de reacción y recuperación que no será con eficacia puesto en jaque hasta que no se consiga una vacuna que lo combata; como tampoco propician esos signos optimistas desestimar una rutina que hasta el momento parece haber sido la que correspondía, aunque, en mi caso como en el de otros, vaya gestionándola de otra manera.
El tratamiento de esa gestión ante un marco menos agresivo y, por lo tanto, más llevadero, me permite, -aparte de llevar a la oración y a la Eucaristía los ruegos de los enfermos y sus familiares, de rezar por los sanitarios y de seguir celebrando misas por las víctimas de esta tropelía virulenta-, incorporar una plegaria agradecida por las mercedes que vamos recibiendo, e ir a las ocho de la tarde a aplaudir con más ganas a aquellos que nos vitorean.
Puedo ya ir atisbando un desenlace a tanto infortunio, comenzando a recobrar ciertos usos y costumbres de cuando todo era de otra modo: administrar la comunión a los enfermos, visitarlos y confortarlos sin miedos, sin ir enmascarado, volver a abrir las puertas del Templo y que se llene de fieles; poder salir del hospital para leer y leer sin sustos, para nadar, ir al cine y disfrutar de la ciudad; para visitar a los amigos, a la familia, a mi madre; y, … de una vez por todas dejar de usar el pijama sanitario desechable durante toda la jornada para vestirme como corresponde aunque tenga que llevar mascarilla.
Por cierto, lo único no desechable de mi vestimenta, a la sazón, es la ropa personal que todas las noches tengo que lavar en la bañera, una tarea como tantas otras que las circunstancias imponen.
Páter Julián ESTEBAN SERRANO
Capellán del H.C.D. “Gómez Ulla”
Delegado Castrense de Pastoral Sanitaria

