Muchos añoramos nuestras ciudades con sus hermandades procesionando por sus anchas avenidas, y nuestros sagrados titulares paseando al compás de la música. Este año todo es diferente, en un alarde de ilusión y devoción. Todos nos afanamos en trasladar nuestras costumbres y cultos allá donde estemos.
Esta vez todos participamos en el culto y la oración, el nerviosismo se palpa y se siente en un intento de que nuestra procesión a bordo de la Santa María salga bien. Los pequeños rincones de nuestra nave se engalanan como si de nuestro barrio se tratara, pero es aquí y ahora en nuestra casa en la mar, donde sentimientos de todo tipo se entremezclan con un sinfin de emociones con el paso de cada estación de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
El paso de nuestro Cristo está casi listo, el rojo pasión de su túnica se funde con el verde esperanza de la resurrección, y el blanco puro del Cordero de Dios se mezcla con los tonos oscuros y rojizos de la puesta del sol. Los últimos retoques ya se están dando, siempre bajo la supervisión de nuestro páter, que a pesar de estar atento a todo, no puede evitar contagiarse de la emoción y voluntad de todos los que participamos en este día.
Las voces están afinadas y preparadas como pájaros que entonan las primeras melodías de la mañana. El coro de la “Santa María” ha ensayado muy duro, siempre con la entereza y dedicación propias de nuestra fe. No hay tiempo que perder, la dotación del buque ocupará los lugares más recogidos y apropiados de la nave para ver a nuestra procesión que se acercará lenta pero firme al son de las cornetas y los tambores que endulzan este Viernes de Dolores tan especial.
SDO. IM. ANGEL JOSE BREJANO COCA

