En el marco de la iniciativa “Sedientos Go”, impulsada por la Pastoral Juvenil de León, se ha desarrollado recientemente una enriquecedora jornada en la Base Aérea de León, en la que han participado jóvenes de la diócesis junto a alumnos de la Academia Básica del Aire y del Espacio.
La actividad, concebida como un espacio de encuentro y formación integral, ha permitido a los asistentes adentrarse en la realidad cotidiana de la institución militar, favoreciendo un conocimiento directo y cercano del entorno formativo en el que se preparan los futuros miembros del Ejército del Aire y del Espacio. A través de la visita a diversas instalaciones de la Academia, los jóvenes han podido conocer de primera mano no solo aspectos técnicos y organizativos, sino también valores como la disciplina, el compañerismo, el espíritu de servicio y el compromiso con el bien común.
1ª lectura: Al terminar la oración, los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban
con valentía la palabra de Dios.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 23-31.
En aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les
habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Al oírlo, todos invocaron a uno a Dios en voz alta, diciendo:
«Señor, tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo
dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo:
“¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes
de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”.
Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de
Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían
determinado que debía suceder. Ahora, Señor, fíjate en tus amenazas y concede a tus siervos predicar
tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por
el nombre de tu santo siervo Jesús». Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos;
los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.
Salmo: Sal 2, 1-3. 4-6. 7-9.
R. Dichosos los que se refugian en ti, Señor.
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo». R.
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo». R.
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo:
te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza». R.
Aleluya Col 3, 1
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Si habéis resucitado con Cristo,
buscad los bienes de allá arriba,
donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. R.
Evangelio: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino
de Dios.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 1-8.
Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de
noche y le dijo:
«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los
signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta:
«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre
de su madre y nacer?».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino
de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que
te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes
de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
1ª lectura: Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47.
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del
pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes
vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos,
según la necesidad de cada uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y
tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el
pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.
Salmo: Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24.
R. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R.
Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
2ª lectura: Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha
regenerado para una esperanza viva.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9.
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección
de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una
herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe,
estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ellos os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la
autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque perecederos, se aquilata a fuego.
merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin
contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la
meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
Aleluya Jn 20, 29
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Porque me has visto, Tomás, has creído - dice el Señor -;
bienaventurados los que crean sin haber visto. R.
Evangelio: A los ocho días, llegó Jesús.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al
Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros
discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no
meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando
cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo,
sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.
Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que,
creyendo, tengáis vida en su nombre.
1ª lectura: No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 13-21.
En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de
Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos.
Reconocían que habían sido compañeros de Jesús pero, viendo de pie junto a ellos al hombre
que había sido curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir fuera del Sanedrín, y se
pusieron a deliberar entre ellos, diciendo:
«¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por
ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas
que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre». Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente
predicar y enseñar en nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:
«¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra
parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».
Por ellos. repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del
pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.
Salmo: Sal 117, 1 y 14-15. 16-18. 19-21.
R. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R.
«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R.
Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R.
Aleluya Sal 117, 24
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 16, 9-15.
Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena,
de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de
duelo y llorando.
Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad
y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo:
- «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».
1ª lectura: No hay salvación en ningún otro.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 1-12.
En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese
sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y lo saduceos, indignados
de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los
metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el
discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; junto con
el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes.
Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos:
«¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?».
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:
«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy
para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel
que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó
de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es “la piedra que
desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en
ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».
Salmo: Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a.
R. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. R.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R.
Aleluya Sal 117, 24
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 1-14.
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció
de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos
y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús
se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien
Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los
demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos
codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto
encima y pan. Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento
cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los
muertos.
1ª lectura: Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 3, 11-26.
En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado,
acudió corriendo al pórtico de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la
gente:
«Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a
este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros
padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato,
cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un
asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos
testigos de ello.
Por la de en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su
nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a vista de todos
vosotros.
Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero
Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos
de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir
el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de
sus santos profetas. Moisés dijo: “El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un
profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del
pueblo.” Y, desde Samuel, en delante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres,
cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.” Dios
resucitó a su Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos
a cada uno de vuestras maldades».
Salmo: Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9.
R. ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
¡Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre,
para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R.
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies. R.
Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R.
Aleluya Sal 117, 24
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio: Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos
al tercer día.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 35-48.
En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo
habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo:
«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies:
soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que
yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y
seguían atónitos, les dijo:
«¿Tenéis ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
- «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo
lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí» Entonces les abrió el entendimiento
para comprender las Escrituras.
Y le dijo:
- «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre
se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por
Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».
1ª lectura: Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 3, 1-10.
En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer
a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada
«Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan,
les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate
y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos,
se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y
alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era
el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados
ante lo que le había sucedido.
Salmo: Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9.
R. Que se alegren los que buscan al Señor.
Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R.
Aleluya Sal 117, 24
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio: Lo reconocieron al partir el pan.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35.
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una
aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de
todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a
caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
- «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
- «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
- «¿Qué?».
Ellos le contestaron:
- «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante
todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a
muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya
estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo
nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su
cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que estaba
vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las
mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo:
- «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías
padeciera esto y entrará así en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas,
les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él hizo simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo
apremiaron, diciendo:
- «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición,
lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
- «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los
Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
- «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
1ª lectura: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 36-41.
El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis,
Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspaso el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón
de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para
vuestros hijos y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro». Con estas y
otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
Salmo: Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22.
R. La misericordia del Señor llena la tierra.
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.
Aleluya Sal 117, 24
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio: He visto al Señor y ha dicho esto.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 11-18.
En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al
sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde
había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo
al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».
Durante el Triduo Sacro, en la Capilla del Poblado Militar de Bétera, se ha celebrado la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
La comunidad de fieles, militares en retiro y jubilados en su mayoría y sus familiares, han asistido con devoción y fe a las celebraciones de la Sagrada Cena del Señor, la adoración al Señor en el Monumento, la muerte del Señor y adoración de la Santa Cruz, y la Vigilia de la Sagrada Resurrección.